Me temblaban las manos,
todas las cosas se habían posicionado exactamente para concluir así.
Se me apretaban los dientes y hundía las uñas en mis palmas,
los hilos hacían un sonido que dolía en los oídos,
y aún así le oía de lejos maquinando sus planes macabros,
dando gritos de alegría por cada sueño destruido,
tirando de mi, tirando de mi.
Mis pies se encogieron en el hervor de su canción,
me dolió el pecho y quise intentar enfocarle con mi corta vista,
yo peleaba por vivir mientras reforzaba el agarre en mi piel lacerada.
Pude sentir la muerte,
la sentí tan cerca que mi mente quedó en blanco y creí convertirme en nada,
pero me encontré en la madrugada levantándome una vez más para vivir,
impulsando el aire dentro de mis pulmones.
Parecía generoso ser capaz de engañar tanto para llevar todo al final,
pero espere con los ojos cerrados y apretando los labios su último veredicto.
Que nunca sucedió,
que nunca llegó
y todo se esfumó,
tal como lo predije,
tal como lo decidí.
Resonó entonces un decreto nunca antes pronunciado,
sentí que se burlaba de lo más sagrado que yo tenía,
que se burlaba de todo lo que yo era,
lo que significada
pero la verdad es que no lo hacía,
porque realmente no conocía nada de mi,
solo creyó hacerlo porque sentía una superioridad odiosa y vomitiva.
Tal como yo había dicho,
se equivocaba y tropezaba con sus creencias y prejuicios.
¿Qué más da?
Sus ruegos no fueron escuchados,
intentó callar los míos,
pero mis creencias han sido siempre las más fuertes.
Porque al final del día yo sano,
al final del día soy el amo de mi destino,
al final solo le soy fiel al viento,
y no importa cuanto intenten aplacar mi espíritu,
caigo en cenizas y renazco en fuego vivo.