Me vendiste tus pecados como errores,
mientras yo susurraba plegarias en tu nombre,
queriendo creerte tan inocente,
figurabas en una lista como el primer culpable.
El sol era mi enemigo,
y tu te regocijabas bailando en sus rayos,
desde las sombras te ignoraba,
pero venías por mi,
jalándome más hacia ti,
dejándote consumir por el frio de mis manos.
El deseo era solo tu excusa para abusar de mi paciencia,
para culparme por palabras dichas,
por actos cometidos sin segundas intenciones.
Pero te pregunto,
a pesar de todas las que buscas,
de todas las que quieres,
¿por qué sigues durmiendo solo?

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