El viento enfurecido me despeinó con rapidez, y así mismo se robó parte de la ceniza de mi cigarro, manchando sus pantalones. Sonreí burlona mientras él se limpiaba, concentrado.
Seguí balanceando mis piernas y pegué una calada al pucho.
—Me emperra tu silencio —dijo mirando al horizonte.
—Amo mi silencio —respondí, fumando nuevamente. Su pierna estaba a centímetros de la mía; podía sentir su calor y nuestros cuerpos miraban en la misma dirección.
—Me da un poco de miedo la verdad —dijo, sonriendo y mirándose los zapatos.
—El silencio no puede hacer más daño que las palabras. —Traté de ser enigmática, y solo recibí una risa ante mi observación, casualmente profunda. Pero a la risa no le siguió ningún comentario suyo, así que ataqué de nuevo—. Es como dice Mia en Pulp Fiction: ¿por qué necesitas hablar de cualquier estupidez para evitar los silencios incómodos? La gente debería aprender a callarse cuando no tiene nada relevante que decir.
—A veces también hablas puras huevadas, ¿sabes? —dijo riéndose y mirándome.
—Pff… —Aparté la mirada fingiendo enojo—. Tomaré eso como un "quédate callada", pero sin entender por qué me reclamabas antes.
—Porque no me llamaste llorando solo para quedarte callada. O borraste otra base de datos?—Su mano encontró mi hombro y me sacudió suavemente.
—Touché —pronuncié levantando las cejas—. Quizás solo quería compañía para fumar. —Se volvió a reír y encendió uno propio.
—Listo, misión cumplida. Acompañándonos. —El silencio volvió a ceñirse sobre nosotros.
—Hasta diciembre, ese es el límite. Si no se aclara, cierro el ciclo. Y comienzo un nuevo año libre, con luto pero libre —dije tan convencida que hasta yo me lo creí, y debo creerlo.
Pasó su brazo por mis hombros y me acercó para besar mi frente.
—Hasta diciembre...