Entibió mis manos con el vaso, y sus ojitos observaron mis movimientos atentamente. La emoción era casi palpable, y creo que mi corazón saltaba de alegría al tenerlo tan cerca.
Recordé cómo llegamos a aquel momento. Varias veces había ido a comprar chocolate caliente con mis compañeros a la cafetería. Ellos café, yo chocolate. Y comenzaron a molestarme con que el niño de la barra me hacía ojitos, lo que llamó mi atención. Con los días le devolví la mirada, y nuestros ojitos se encontraban cada vez más veces.
De pronto desapareció. Y pasaron varios días, y no aparecía. Me entró la curiosidad y decidí preguntar.
—Lo cambiaron de local —me dijo otra barista.
Sonreí. No quedaba tan lejos de ese.
Y entonces fuimos a almorzar cerca. Me asomé para ver si lo veía, y lo vi, pero debía hacer la jugada o podría no verlo más. Como broma, le dije a mi compañero que pidiera su contacto; al menos, si no salía bien, tendríamos algo de lo que reírnos. Pero grande fue mi sorpresa cuando llegó con su número.
Y eso nos trae al día de hoy: una conversación tan pequeña, unos minutos tan preciados, y un quizás que se pierde en el aire...
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