El sábado pasado cuando la alarma me despertó en la mañana, y ella me dio un beso en la frente para luego ir a bañarse, me di cuenta de que me había acostumbrado a la rutina, aunque de verdad yo no lo deseaba, que lata salir de una para luego entrar a otra. Los viernes siguiéndola, haciendo lo que ella quería, parecía simple, simpático, mi "amiga", la pasábamos bien. Entonces cuando volvió a la pieza y me dijo que estaba el café listo, me estiré y me levanté, tan pollo como soy, estaba en calzones y polera. Tanto tiempo intentando ocultarlas, que en un momento tonto de vulnerabilidad, las deje expuestas. Si no se hubiera quedado mirándome, no me hubiera dado cuenta que las había visto, que vergüenza intentar ocultar no solo marcas, sino el pasado que viene con ellas.
Me sentí avergonzada y me volteé buscando mi pantalón, odio verme como un frasco de cristal ante los ojos de alguien más... Me abrazó por la espalda, me sentí tan incomoda, tanto rechazo sentí, que creí que podía empujarla para no sentir su toque. "Oye mírame" me dijo. "Yo entiendo, no tienes para que esconderte". Me quedé callada, simplemente me di vuelta y la miré, el contacto me causaba nauseas, asentí y le toque el hombro, luego me vestí.
Todo ha sido una montaña rusa, una que a veces no controlo.
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