De un viernes interminable,
horas que no querían acabar,
impaciencia que gritaba en el pecho,
irritándome, desatándose.
De una realización poco adecuada,
impertinente e impulsiva.
Que la pena profunda que tuve,
los recuerdos borrosos que no se iban,
la rabia frustrada que tanto me quemó,
se liberaron en mis suspiros,
en el casi tocar el cielo,
en balbucear palabras sin sentido,
en agarrarme a él como si mi vida dependiera de ello.
Pero no se fue todo,
el odio sigue acá,
como el dolor de mi entrepierna,
recordándome que quizás no lo puedo perdonar.
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