Que no me lo inventé.
Que no estoy exagerando.
Que dolió.
Que todavía duele.
—Alex, me carga verte llorar.
Seguí mirando por la ventana. Dejé que el pelo me cubriera la cara. No quería que nadie viera lo rota que estaba. Ya era demasiada humillación para una sola semana.
—No tienes para qué estar acá.
Contesté con una frialdad que hasta a mí me sorprendió. Tenía tanto odio adentro. Quería herir. Quería que alguien más sintiera aunque fuera una parte de lo que yo estaba sintiendo.
—Sé que es lo que menos quieres escuchar, pero todos te lo dijimos.
Y sí. Era exactamente eso lo que no quería oír.
Porque yo di todo.
Porque me adapté a sus horarios de mierda.
Porque cambié planes, dejé de comer para verme “bonita”, vomité todo para no vomitar en su casa.
Porque me empastillé hasta el cansancio para evitar una crisis.
Porque le presté plata sin pensarlo dos veces.
Porque me tragué cada broma pesada, cada comentario que me hacía sentir menos.
Porque escuché cómo hablaba minimizando mis logros.
Porque permití que me escondieran, como si yo diera vergüenza.
Porque dijo que yo “descansé en mi ex”, como si no me hubiera sacado la cresta ese año. Como si no me hubiera enfermado por el estrés.
Porque ignoré todas las señales tóxicas.
Porque me aferré a la idea de que mi amor podía sanar algo en él.
Y lo único que conseguí
fue perderme a mí.
Hoy me queda la pena.
Pero también la rabia.
Y me la quedo,
porque la rabia también es mía.
Porque sobreviví
a esa versión de mí
que aguantó lo que nunca debió aguantar.
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