Mis manitos buscaban las suyas, haciéndole cariño tiernamente.
Los pucheros que hice cuando se comió el último nugget y los miles de temas que conversamos aún dan vueltas en mi cabeza.
Nuestra siguiente cita.
Yo apurándome para encontrarlo en ese lugar que tantas veces me había sacado sonrisas.
Y en su auto me sentí lista, determinada a dar el paso que más me cuesta; sellar con ese acto el bajar mis barreras y empezar a soñar otra vez.
—¿Intentemos besarnos? —le pregunté, buscando su confirmación y apoyo.
Él ya sabía cuánto me costaba el contacto físico y que, después de venir de una relación llena de violencia psicológica, era aún más difícil confiar y dar esos pequeños pasos que, para mí, se sienten gigantes.
—Bueno —me dijo—. Estaba pensando lo mismo.
Me acerqué nerviosa mientras él se giraba para mirarme, esperando que yo diera el primer paso. Me reí con nervios, y entonces dijo:
—No es necesario hacerlo ahora. Yo puedo esperarte.
Y respondí:
—No… yo quiero ahora.
Finalmente me acerqué, juntando mis labios con los suyos. Cerré los ojos y me dejé llevar, soltando poco a poco todo mi control.
Fue bonito.
Fue perfecto.
Fue el inicio.
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