Miré la espalda del anciano mientras caminaba sostenido por su bastón. Empujé mis pasos tras los de él. Su abrigo negro se movía con el viento, y su gorro de copa lo cubría de la luz pálida de las nubes. El viento me hacía tambalear y no podía seguirle el paso. Además, dañaba mis ojos, impidiéndome verlo con claridad.
Me hablaba entonces de mi propia niñez, envuelta en soledad, casi tan solitaria como mi actualidad. Le dije que no había estado sola, que muchos estaban a mi alrededor.
Ante mi respuesta se puso a reír.
—Claro, puedes estar rodeado de miles de personas y sentirte solo igual. ¿Acaso escuchas? ¿Acaso ellos te escuchan? ¿Acaso el universo te escucha? ¿Tu Dios, quizás?
Me puse a reír. Claro, yo tampoco escuchaba a nadie. Estábamos solos, pero haciéndonos compañía. No existía nada más que nuestros propios pensamientos.
De pronto no vi nada. No lo vi frente a mí. Me desesperé, y una risa se escuchó a lo lejos.
Había desaparecido...
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