Ayer sucumbí ante la ternura,
ante unos ojitos lindos,
una sonrisa pacífica,
una voz que aún resuena en mis oídos
como una canción suave atrapada entre mis costillas.
Me sentía extremadamente congelada,
como una estatua olvidada en un museo,
como una piedra abandonada en el camino.
Dejé de respirar por un momento,
y entonces, lentamente,
volví a moverme.
Nos sorprendió el atardecer.
Llegó la noche
y yo me perdí en su pecho,
me adormecí en sus brazos
e incluso sentí mi corazón latir rápido,
desesperado por seguir vivo.
Creí que había muerto,
pero volví a renacer,
como vuelven las flores después del invierno,
como vuelve la luz
cuando el cielo deja de llorar.
Tiempo al tiempo,
sal para las heridas.
Ya no duele nada
y todo parece un sueño.
Quiero más,
más ternura,
más noches donde el mundo se calle
y solo existan
unos brazos cálidos
recordándome
que todavía sé sentir.
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